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Publicado en 11/04/2016

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Editorial: Triste e injustificable

12/02/2014 - 13h47

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DE SÃO PAULO

El asesinato -esta es la palabra- del camarógrafo Santiago Andrade, de 49 años, es una tragedia individual y social. No solo sus parientes y amigos tienen que lamentarse, sino también todos aquellos que estaban apostando por un país mejor después de las manifestaciones de junio.

El periodista de la Televisión Bandeirantes fue alcanzado por una bengala mientras hacía la cobertura, porque ese era su oficio, de una protesta en Río de Janeiro la semana pasada, y le fue declarada su muerte cerebral anteayer. Fue víctima de una violencia irracional que se repite desde hace meses sin que el Estado ofrezca una respuesta adecuada.

A esta altura debería ser claro para los comandos policiales -porque ya lo es para casi toda la sociedad- que hay dos tipos de personas muy diferentes que salen a las calles a mostrar su falta de conformidad.

Por un lado, están los ciudadanos dispuestos a protestar dentro del espacio que la democracia ofrece y garantiza para ese propósito. Ellos deben ser tratados como manifestantes. Merecen ser escuchados y, cuando sea conveniente y posible, darles una respuesta.

Del otro lado están los individuos predispuestos al vandalismo, a la revuelta, al salvajismo. Cuando actúan de esta forma, son criminales y deben ser tratados como tales. Deseche la falacia: no existe, dentro de un Estado democrático de derecho, alguna causa posible que legitime el uso de la violencia.

Identificar, juzgar y sancionar al autor y cómplices del disparo que mató a Andrade es una tarea urgente para evitar daños aún más graves. Con desenfrenada facilidad, estos delincuentes transformaron actos pacíficos en campos de batalla, poniendo en peligro la seguridad de los que están cerca y socavando importantes pilares de la democracia.

Uno de ellos es la propia legitimidad de las manifestaciones. Como mostró una encuesta del instituto Datafolha de fines del año pasado, de julio a octubre se cuadruplicó el porcentaje de paulistanos que está en contra de las protestas: pasó de un 8% a un 31%. Por otra parte, está claro que cada vez más brasileños evitan participar de este tipo de encuentros.

El otro es la libertad de prensa. La muerte de Santiago Andrade es, obviamente, el episodio más lamentable pero, teniendo en cuenta la acción de la policía y de los manifestantes, se registraron, desde junio, 117 casos inaceptables de agresión, hostilidad o detención de periodistas.

Un mínimo conocimiento de la historia es suficiente para que tales señales sean leídas con gran preocupación. Existen numerosos y nefastos ejemplos de lo que sucede cuando se abandonan los canales institucionales para la resolución de conflictos.

Si no queremos ser cómplices de una tragedia de proporciones mayores, los partidos políticos y los movimientos sociales que todavía defienden lo indefendible deben condenar firmemente este tipo de violencia. Hay un cambio en marcha en Brasil, pero ya no está claro si el país va a salir de este proceso mejor de lo que entró.

Traducido por NATALIA FABENI

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