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Publicado en 11/04/2016

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Editorial: Los candidatos minimizan la situación de la economía, pero el gobierno enfrentará problemas

20/10/2014 - 14h00

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DE SÃO PAULO

En lo que respecta a los debates entre los candidatos a presidente de Brasil o de sus propagandas políticas que salen por TV, un espacio que pagan todos los contribuyentes, el elector votará el próximo domingo (26) con poco conocimiento acerca de los estrechos límites económicos dentro de los cuales el país necesitará ser gobernado.

Otro punto que es muy relevante, tanto como las dificultades presentes, es la necesidad de que el país comience a registrar tasas de crecimiento que se condigan con el futuro que Brasil quiere para sí.

Las cosas no van bien. De 2011 a 2014, nuestra economía habrá crecido, por año, un promedio de 1,6%. La renta per cápita habrá avanzado 0,7% al año, a ese ritmo, duplicará su tamaño solamente después de un siglo.

Tal vez eso no sea un gran problema para aquellos países cuyo PIB per cápita supera los US$ 40.000 por año, como Estados Unidos, Alemania y Suecia. Para Brasil, cuyo ingreso per cápita llega a los US$ 11.000 anuales, haber pasado cuatro años cerca del estancamiento es una pena.

Con el fin de enfrentar los desafíos de desarrollo de una sociedad que se aproximará a los 230 millones de habitantes en 30 años, el nivel del ingreso per cápita debería cuadruplicarse. Eso significa elevar el incremento del PIB, en promedio, a un 3,5% por año.

Las candidaturas finalistas de esta elección presidencial, por cierto, están de acuerdo con esa directriz. Pero ninguno de los candidatos consigna los medios que defienden ni los compromisos que se disponen a asumir para llegar a ese resultado; nadie ofrece una respuesta suficiente.

Desde la presidenta Dilma Rousseff (PT) llegó la iniciativa más frustrante. Las piezas publicadas y los textos divulgados de su programa de gobierno no se diferencian de panfletos propagandísticos.

La autocrítica a la conducción equivocada de la economía en los últimos cuatro años solamente se puede entrever en el palabrerío estéril de eslóganes como "Gobierno nuevo, ideas nuevas" o "Más cambios, más futuro". Se insinúa también en el gesto inusitado de anunciar el cambio de ministro de Hacienda en caso de una reelección.

En el plan que le fue entregado a la Justicia Electoral, se destaca, irónicamente, la idea de una política económica sólida, "intransigente en el combate a la inflación y que proporcione un crecimiento económico y social robusto y sustentable". La directriz de la candidata no está en concordancia con la gestión de la presidenta.

Por su parte, el senador Aécio Neves (PSDB) se preocupó por satisfacer el derecho del elector a conocer parte de lo que el candidato pretende hacer en la economía.

Se compromete, por ejemplo, a garantizar la economía del Banco Central, perseguir la meta de inflación y disminuirla a lo largo del mandato y equilibrar la recaudación y los gastos (incluso con subsidios camuflados en los bancos públicos) con el fin de reducir la deuda pública.

El socialdemócrata intenta atraer al público con la idea de que su sola llegada al poder provocaría un shock de confianza capaz de encaminar los principales problemas económicos del país. Es una falacia que ayuda a lanzar una cortina de humo sobre su verdadera agenda de gobierno.

El semiestancamiento productivo y los desequilibrios de la actual política económica demandarán decisiones costosas e impopulares de cualquiera que resulte elegido nuevo presidente de Brasil.

Frente al candor demostrado por Neves y Rousseff, y con un electorado muy dividido, se puede prever una ola de decepción popular con el presidente que resulte elegido, por lo menos, durante los próximos dos años.

La decepción va a llegar, por ejemplo, porque la elección de recuperar el dilapidado índice de ahorro del gobierno federal (el llamado superávit fiscal) implica aumentar la recaudación de impuestos de los contribuyentes.

La carga tributaria ya es elevadísima, pero dejar todo como está puede acarrear un deterioro adicional de las finanzas públicas, crecimiento de la deuda del gobierno y aumento de los intereses para toda la sociedad.

El otro dilema cuya resolución producirá descontento envuelve a la energía eléctrica y los combustibles. Parece inevitable un aumento significativo en la cuenta de luz y en el surtidor de gasolina, algo que produce impactos importantes también en la inflación.

Los candidatos evitaron el asunto para poder ganar los votos de aquellos que, en el futuro, podrán criticarlos por lo que hicieron.

Si la gestión inmediata de los asuntos económicos ya se revela desgastante, ni hablar de los temas estructurales del desarrollo. Ni Neves ni tampoco Rousseff dicen cómo van a lidiar con la seguridad social. Se trata, todavía, de la mayor fuente de gastos sociales de Brasil.

La necesidad de recursos y la dificultad para encontrarlos van a ir aumentando con el envejecimiento de la población; hay distorsiones claras, como en el dispendio con pensiones por muerte o jubilación de empleados públicos; el régimen de reajustes vinculados al salario mínimo implica el aumento obligatorio de la porción del PIB destinada al gobierno.

Los candidatos callan, como si todo eso no tuviera importancia. Pero hay que tener en cuenta que, si nada es hecho para modificar esos puntos, Brasil crecerá menos en el futuro próximo, y faltará dinero para invertir en producción y educación, por citar dos sectores directamente relacionados a un ciclo virtuoso.

Brasil solamente va a librarse de la maldición del crecimiento bajo -y de aquella de transitar este siglo en el club de los países de ingreso medio- con un continuo y significativo incremento en la cantidad de bienes y servicios producidos por trabajador.

No será fácil. Y la omisión y falta de compromiso que los candidatos demostraron durante la campaña solo volverán más amargas las desilusiones de los próximos años.

Traducido por NATALIA FABENI

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