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Editorial: Dilma 2.0

29/12/2014 - 14h37

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DE SÃO PAULO

Lo más común, y casi ridículo, sería imaginar que un presidente reelecto tenga la intención de dar continuidad, en su segundo mandato, a la orientación adoptada durante sus primeros cuatro años en el poder.

El caso de Dilma Rousseff (PT) le escapa, en algunos aspectos, a la trivialidad de esa idea. Desde un punto de vista tal vez exagerado, es como si solamente ahora la presidenta inaugurase, de hecho, su gobierno, el cual tendría poco en común con los obstinados esfuerzos administrativos de los últimos tiempos.

¿Esta interpretación tiene alguna justificación? Una Dilma 2.0 vendría, para algunos, a deshacer los males legados por la antecesora -que es ella misma-. El escenario es poco probable, pero vale analizar los componentes que le dan verosimilitud a esta perspectiva.

El primero fue el nombramiento de Joaquim Levy como nuevo ministro de Hacienda. Así, se indicó que existe una preocupación por el control fiscal y por la realidad de las tarifas, más allá de los arreglos y remaches que caracterizaron los últimos años de la gestión de Guido Mantega.

Esto indica que la distancia entre el primero y el segundo gobierno de Dilma será tan nítida, en ese aspecto, como si Aécio Neves (PSDB) hubiera vencido la batalla por la sucesión.

Otro punto en el que el nuevo gobierno puede marcar una diferencia en relación con el anterior es respecto del caso Petrobras.

Hasta por un reflejo de autodefensa, la tendencia del grupo dilmista no puede dejar de ser la de retroceder, hasta los tiempos del ex presidente Lula, para achacarle la responsabilidad por los escándalos dentro de la petrolera estatal.

Pese a que Dilma participó durante más de una década de los procesos de toma de decisión de la empresa, puede todavía argumentar que la decisión de llamar la atención sobre la situación desastrosa de la refinería en Pasadena (Estados Unidos) fue de ella.

Son conocidas, además, las divergencias entre Dilma con el antiguo presidente de Petrobras, José Sérgio Gabrielli, y los más notorios miembros de su equipo.

De las noticias específicas sobre el escándalo de corrupción se pasa fácilmente a un tercer factor capaz de presionar por una renovación del poder presidencial en este segundo mandato. Es el más arriesgado e incierto y concierne a las relaciones entre Dilma y el ex presidente Lula da Silva.

En la medida en la que intenta librarse de la responsabilidad directa por la caída de Petrobras, Rousseff no tiene cómo no colocar el problema sobre las espaldas de su antecesor.

Por su parte, con una coyuntura económica desfavorable, con un ministro de Hacienda ortodoxo y con los desgastes políticos de las investigaciones en Petrobras, Lula difícilmente huiría de la tentación de acentuar sus discordancias con el gobierno de Dilma, teniendo en la mira su propio retorno, dentro de cuatro años.

Hay algunas señales de alejamiento desde los dos lados. El hombre más cercano a Lula en el equipo de Dilma, Gilberto Carvalho, va a cederle a Miguel Rossetto la Secretaría General de la Presidencia.

Pocos de los miembros del PT que aparecen dentro del nuevo equipo de gobierno tienen la aprobación de aquellos que están indiscutiblemente al lado de Lula. Aloizio Mercadante, en la Casa Civil, y José Eduardo Cardozo, en Justicia, estuvieron en una situación marginal en los círculos del poder lulista.

Si el PT ya tenía razones para quejarse de la nominación de un economista como Joaquim Levy, es innegable que el nuevo ministerio trae guiños a la derecha y al establishment empresarial.

No sólo el nombre de Kátia Abreu en Agricultura es difícil de digerir para aquellos que todavía tienen ideología dentro del PT; también Gilberto Kassab, en el Ministerio de las Ciudades, y el espantoso teólogo y conductor George Hilton, del PRB, en el lugar de Aldo Rebelo, en el Ministerio de Deportes, serían señales -junto con el conocido núcleo y miembros del PMDB- de una inflexión conservadora por parte de Dilma Rousseff.

Estos hechos, dentro de la política brasileña tal como la conocemos, no liberan a la presidenta de los problemas que el aparato del Estado y el juego intimidatorio del PT crearon hasta acá. Desvincularse del lulismo exige una dependencia mayor de los grandes y pequeños partidos de coalición.

El riesgo de pasar de una dependencia a otra podría valer la pena en el caso de que la presidenta se rodeara de mensajes y proyectos capaces de fortalecer su imagen personal. Fue así, temporariamente, en la época que se presentó como la mujer que iba a "limpiar" el Planalto.

Pero lo que se vio, a lo largo de los últimos cuatro años, fue una presidenta con capacidades reducidas para reconfigurar la coyuntura a su favor.

Sin conocer la diferencia entre liderazgo y truculencia, entre firmeza y temor, Dilma siempre pareció no estar a la altura de los desafíos del cargo, los cuales, hay que hacer justicia, evalúa sin miedo ni frivolidad.

En la campaña electoral, Dilma avanzó bajo la bandera de la reforma política; tiene noción, sin dudas, de los numerosos problemas que la corrupción provoca en el país; hay desafíos en las áreas de la previdencia, impuestos e infraestructura.

Tomando en cuenta su estilo, que no es el de la experiencia y simpatía, tal vez no tenga otra salida que enfrentar tales dificultades con el sentido resignado de los límites de su misión.

Dado su reducido potencial de virtud política, sin embargo, no hay como no considerar exageradas las expectativas de que lo haga, durante su segundo mandato, con el grado de éxito que el país necesita.

Traducido por NATALIA FABENI

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