A los 25 años, bailarina abre escuela de ballet infantil en la favela

Las clases, impartidas en una cancha deportiva, también tienen como objetivo el desarrollo de la autoestima

Júlia Barbon
Rio de Janeiro

La frase que Tuany Nascimento, de 25 años, decidió tatuar en delicadas líneas en el lado izquierdo de su vientre dice mucho sobre su personalidad: "Lo único que me interesa es lo imposible". También define su proyecto de vida, una escuela de ballet gratuita en Morro do Adeus, en el Complexo do Alemão, que fundó a los 18.

Hoy, la bailarina guía los primeros pasos de ballet de 38 niñas y un niño, pero hace siete años, apenas ocupaba una esquina de una cancha deportiva para estirar y entrenar saltos durante los descansos de su trabajo como becaria de marketing.

No quería olvidar los movimientos que aprendió a los cinco años, en la Villa Olímpica del Complexo da Maré, también en la zona norte de Río. El barrio en el que se instaló con la familia después de que sus padres, un bahiano y un carioca, se separaran en Salvador.

Algo después, todavía siendo una niña, se mudó al Complexo do Alemã. "Pero no había mucha actividad, así que seguí yendo y viniendo al Tide", cuenta. Por un tiempo, tuvo que dejar los deportes y la danza, porque era peligroso moverse entre favelas dominadas por facciones rivales.

Hasta que fue abierta una villa olímpica en el Alemã y, de 10 a 18 años, acudió al local para practicar  natación, gimnasia rítmica y ballet. Un esfuerzo que le llevó a representar a Brasil en Suiza en un evento internacional de alto nivel con 17 años. Sin embargo,  cuando regresó, el sueño comenzó a desmoronarse.

La bailarina Tuany Nascimento, de 24 años (Foto: Zo Guimaraes/Folhapress, Agencia)

No había más competiciones para su edad, y las inscripciones y la indumentaria eran caras. "Comencé a ver que no podía soñar ni jugar a ser bailarina, así que decidí dejar de bailar y me puse a trabajar", recuerda Tuany, la mayor de seis hermanos.

Fue entonces cuando  en sus horas libres comenzó a ocupar la esquina de la cancha y, sin contar con un espejo en el que reflejarse, se convirtió en un espejo para los demás. Cada día nuevas chicas llegaban para intentar entender lo que hacía con su cuerpo. Así que Tuany acabó enseñando compaginando las clases con pequeños trabajos y una beca de la facultad de educación física.

Solo se dio cuenta de que lo que hizo fue un trabajo social que iba más allá de los límites de la danza cuando un comandante de la UPP (Unidad de Policía de Mantenimiento de la Paz) invitó al grupo para que actuara en la estación del teleférico en la favela. Una mini compañía que se presenta bajo el nombre de Na ponta dos pés [En la punta de los pies].

Traducido por AZAHARA MARTÍN ORTEGA

Lea el artículo original